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Recordando en su aniversario a Boves, caudillo del terror

Recordando en su aniversario a Boves, caudillo del terror



El año 1814 se desangró con la lanza de José Tomás Boves. La era terrible de la historia venezolana tuvo en el español a su máxima figura. Nominalmente luchaba por las banderas del rey Fernando VII, pero en la realidad peleaba por él, por Boves y nada más que por él. A doscientos años de su cabalgar y su muerte continúa generando terror, pero también se ha revisado su legado entre las causas populares



Nació en Oviedo, el 18 de septiembre de 1782. Hijo de Manuel Rodríguez de Bobes (tal era la grafía original de su apellido, luego cambiado a Boves) y Manuela de la Iglesia, hizo estudios de náutica, graduándose de piloto. No tuvo una infancia acomodada: su madre tuvo que realizar trabajos domésticos. “Hizo la América”, como decían los antiguos, a principios del siglo XIX: llegó aquí como navegante y terminó como contrabandista y comerciante.



Preso en Puerto Cabello por las actividades ilícitas, terminó recluido en Calabozo, por ayuda de otros comerciantes españoles. En el perdido pueblo llanero comenzó a tejer sus vínculos con las clases bajas de la pirámide social venezolana: mestizos, mulatos, indios, negros. Todos pasaban por la pulpería del futuro “Taita” Boves.



Acisclo Valdivieso Montaño escribió su biografía, Boves, Caudillo hispano. Allí trazó, basado en testimonios de los que vieron al líder, un perfil físico: “Un hombre de sugestivo físico, alto, bien proporcionado, de cabello rubio, ojos azules y blanca tez. Fuerte a toda fatiga, por todo ello, por su atracción personal, su género de vida y acción en la guerra, la sugestión con que lo dotara la naturaleza y que ejerció sobre la masa llanera, su audacia y valor temerarios, fue que pudo imponerse a aquella”. 
Su “faz moral”, como la señala Valdivieso Montaño, se aleja un poco del rastro violento que dejó a su paso. “Era desprendido, enemigo de la adulación, sencillo, ajeno a la pompa y ostentación y agradecido de quienes le habían dispensado atenciones y servicios”.



Pero estalló la guerra y con él apareció el Boves sanguinario que aterrorizó a la causa patriota. ¿Qué ocasionó semejante odio? El historiador zuliano Rafael María Baralt apunta a una afrenta sufrida a principios de la Declaración de Independencia. Boves, inicialmente, se unió a la alegría por las palabras de libertad que emanaban de los doctores de Caracas. No era extraño: se recuerdan casos de españoles que sirvieron en el Ejército patriota, como Vicente Campo Elías, Manuel Villapol o Diego Jalón, entre los más conocidos. Pero sucedió lo inesperado y allí comenzó a correr con fuerza la sangre. 


“Fingiendo mirarle como desafecto, un juez inicuo que quería despojarle de sus bienes, le condenó a servir de soldado en el ejército, mandándole tener en la cárcel hasta que fuese conducido a su destino”, señala el zuliano Rafael María Baralt, en su Historia de Venezuela. “Allí se hallaba cuando Antoñanzas ocupó la ciudad el año de 1812, y desde entonces abrazó la carrera militar, reuniendo a los llaneros y formando con ellos la caballería de los realistas”.



Aplicó con energía la guerra a muerte. El período más oscuro de la historia de Venezuela lo tuvo como su máximo protagonista: pero no puede olvidarse que el decreto formal lo expidió el Libertador Simón Bolívar, luego de los desmanes de otros jefes realistas, como Antoñanzas, Cérveriz y Zuazola. Digamos que Boves no fue el primer violento, pero sí el que ejerció con mayor saña la acción.



“En los campos de batalla y en los pueblos pacíficos se cometieron, por su orden, horrores de (los) que hay pocos ejemplares”, escribió su propio capellán, el presbítero José Ambrosio Llamozas. El vicario dejó claro que el objetivo de la furia de Boves era no solo el grupo patriota, sino específicamente el de los mantuanos, los blancos. 
En diciembre de 1814 tenía unos 7.500 hombres bajo su mando, recuerda el presbítero. Solo contaba con 60 u 80 soldados blancos y de 40 a 50 entre comandantes y oficiales españoles y criollos.



“Era sanguinario (pero) quería lavar con sangre una injuria recibida, y pagando muerte con muerte, ejercía una represalia autorizada por el decreto formidable de Trujillo”, recuerda Baralt. “Despreciando cualquier cosa que no fueran las armas, dejaba a la soldadesca el infame provecho del botín”.



¿Ejerció la democracia Boves? ¿La justicia social? En el sentido estricto, sí. Seguido por las clases populares, los llamados desamparados consiguieron en él a un líder. El asturiano les dio libertad a los esclavos, tierras a los campesinos y botín a los abandonados. Los medios fueron terribles, sin duda. Pero la base de la sociedad, negros, pardos, indios, lo vieron como un jefe al que acompañar hasta el final.



“El comandante general Boves, desde el principio de la campaña, manifestó el sistema que se había propuesto y del cual jamás se separó: fundábase en la destrucción de todos los blancos, conservando, contemplando y halagando a las demás castas”, relata Llamozas, en su famoso memorial.



“La rebelión que se personaliza en Boves deja raíces profundas en Venezuela. La Federación y la figura de Zamora son, guardando la proporción y el momento histórico, un revivir de ese sentimiento igualitario del pueblo venezolano, que en cada movimiento de masas pretende, como es lógico, integrarse e imponer una política democrática y total, y no de pequeñas oligarquías, alejadas de sus problemas y extrañas a sus propios sentimientos”, apunta Juan Uslar Pietri (hermano de Arturo) en su Historia política de Venezuela. 



Fue oficial de urbanos, al frente de una partida de caballería, en 1812, bajo las órdenes del realista Eusebio Antoñanzas. Tras ser nombrado éste como Gobernador Militar de Cumaná, el asturiano ascendió a comandante general de Calabozo. Para 1813 ejecutó prisioneros en la revuelta de Espino (en las cercanías del Orinoco), y luego estuvo en la campaña de Oriente, con el mariscal de campo Juan Manuel Cajigal al frente. Para agosto de ese año, Cajigal le otorgó facultades discrecionales. 


Allí comenzó la leyenda del caudillo. 


Cachipo, Santa Catalina, Mosquitero, San Marcos. Boves alternó triunfos con derrotas, pero sumaba, a pesar de los traspiés, lanceros para su banda. Comenzó 1814, su año triunfal y mortal, con la primera batalla de La Puerta, en la que derrotó a su paisano Campo Elías; luego sus fuerzas terminaron frenadas por José Félix Ribas en La Victoria. No pudo en San Mateo, atrincherados los patriotas con Simón Bolívar al frente y con Antonio Ricaurte como mártir, ni con Santiago Mariño en Bocachica. Ya vendría la cadena de éxitos que lo llevaron a arrasar con el centro y el oriente del país. El 15 de junio de 1814, en la segunda batalla de La Puerta, hizo huir a Bolívar y a Mariño.


La ocupación de Valencia, el 11 de julio de 1814, fue otra de sus obras atroces. Previamente había jurado ante el Santísimo Sacramento respetar la vida de los inocentes. 


Luego comenzó la fiesta. 


Cuenta el regente realista Heredia: “Reunió a todas las mujeres en un sarao, y entre tanto hizo recoger los hombres, que había tomado precauciones para que no se escaparan y sacándoles fuera de la población los alanceaban como a toros, sin auxilio espiritual (…) Las damas del baile se bebían las lágrimas y temblaban al oír las pisadas de partidas de caballería temiendo lo que sucedió, mientras que Boves con un látigo en la mano les hacía danzar el piquirico y otros sonecitos de la tierra, a que era muy aficionado, sin que la molicie que ellos inspiraran fuese capaz de ablandar aquel corazón de hierro. Duró la matanza algunas otras noches”. 



Se nombró a sí mismo como “Gobernador, Presidente de la Real Audiencia, capitán general y jefe político de todas las que constituyen la (provincia) de Venezuela, Comandante General del Ejército español”. El rey de España solo era un nombre lejano, casi desconocido: el verdadero macho del país se llamaba José Tomás Boves. 
“Aunque nacido en España y alistado bajo sus banderas, Boves no luchó jamás por España. Boves solo luchó por Boves”, sentencia el historiador español Salvador de Madariaga. 


Entró en Caracas, desierta tras la huida a Oriente de las fuerzas patriotas y buena parte de la población civil, el 16 de julio. Marchó a la persecución de los vencidos. El 5 de diciembre de 1814 en la batalla de Urica, hoy población del estado Anzoátegui, con la segunda república ya exánime, llegó su hora de muerte. 


La leyenda habla de alguien que vengó a una familiar muerta por las hordas de Boves. Otros dicen que fue el líder criollo Pedro Zaraza el que lo alanceó. Unos más hablan que quedó vivo, pero Francisco Tomás Morales, que hasta entonces era su segundo, lo remató, para quedarse con su poder. 


Y se lo quedó, pero solo en título y de forma temporal. El liderazgo no terminó en sus manos, sino en las de otro hijo de los llanos que esta vez actuaría a favor de la república: José Antonio Páez. 


“El gran maestro de los patriotas”, definió a Boves el historiador Duarte Level. “El primero de nuestros caudillos populares”, lo llamó Laureano Vallenilla Lanz. Para Juan Vicente González fue “el primer jefe de la democracia venezolana”. Bolívar, que lo sufrió, lo describió como “un hombre cruel que no parece haber sido amamantado con leche de mujer, sino con la de los tigres y las furias del infierno”. La historia nunca terminará de ponerse de acuerdo con el bravo asturiano que tuvo en sus manos el destino de Venezuela.








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