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Michael Phelps: un tiburón suelto en Buenos Aires

Michael Phelps: un tiburón suelto en Buenos Aires


El deportista más grande de la historia visitó por primera vez nuestro país. Invitado por Under Armour –para encabezar con Luciana Aymar el desembarco de la marca en la Argentina–, participó en actividades infantiles, compartió un entrenamiento de amateurs



“De chico jugaba al fútbol, aunque después decidí tirarme a la pileta”, parafrasea a su paso por la Villa 31, de Retiro, la persona que más medallas obtuvo en el olimpismo -28-,desde su 1,93 metro y sus 95 kilos.

La pregunta de las preguntas llega en último lugar: un añejo artilugio de los periodistas cuando desconocemos los ánimos del entrevistado y dudamos sobre sus reacciones. Dicho y hecho: ni bien llega nomás, la pregunta de las preguntas le hace elevar las cejas y redondear sus ojos verdes, inmersos alrededor de una zona de piel que aún delata la marca de antiparras:

 


–¿Perdón? –duda sorprendido.

–Si conoce la fórmula del agua. Hasta aceptaríamos que Aristóteles, quizá el químico más relevante de todas las épocas, la olvidara. Pero usted…
–Aaaah –entiende el espíritu lúdico del interrogante–. ¡La recuerdo, es H2O! –lanza una risotada el nadador Michael Fred Phelps II, el tiburón de Baltimore, el dueño de 37 récords mundiales y poseedor de 28 medallas olímpicas, lo que lo convierte en el deportista más grande de todos los tiempos. Y entendemos que semejantes datos bastan para presentar la entrevista, que catorce minutos antes comenzaba así:

 

 

–Transcurrió casi tres cuartas partes de sus días en el agua, hasta que se retiró. ¿Qué es el agua para usted?
–Fue y será una parte relevante, que compartió y compartirá diversos momentos de mi existencia. Tras los Juegos Olímpicos de Inglaterra 2012, quedé tan agotado en lo cerebral que no podía estar cerca de ella. Volví a meterme en la piscina para afrontar Rio de Janeiro 16. Y ahí conseguí retirarme feliz. Ahora sé que, no importa de qué tipo sea el agua, me encantará por siempre. Incluso vengo iniciando un proyecto de conservación en el que cualquier persona puede colaborar con ella.

 
 
 
Firmando autógrafos

 

–Perdón, ¡la llamó dos veces "ella"!
–Jajá. Trato de estar cuatro o cinco días al mes saltando, nadando y relajándome en el agua. Ya alejado de la competencia, hoy ella es para mí un lugar pacífico, zen, que me da paz.

–Hace un tiempo Usain Bolt, el atleta más veloz del planeta, nos confesó que cuando corría sentía que volaba. ¿Qué percibía usted nadando por títulos?
–Honestamente, ni idea. Nadar es algo que amé desde el día uno. No sólo eso: me dio la oportunidad de excavar profundamente dentro mío, buscando explorar de qué estaba hecho, más allá de intentar posar la mano en la pared de la pileta milésimas antes que mis colegas. Porque a mí me gustaba ganar, pero en especial me dolía perder. Dentro del agua saqué mis mayores fuerzas… No sé si respondo tu duda. Es lo que siento.

 

 

 

 

–Quince meses y medio después de colgar la malla, ¿todavía sueña que compite?
–Noooo. Sería una pesadilla si me sucediera. Ya no sueño eso, quizá porque mis sueños terminaron por convertirse en realidad. Antes sí me pasaba. Sin embargo, no extraño. La emoción de la última carrera en Brasil –con mi esposa Nicole (Johnson) y mi hijo (Boomer) en las gradas– resultó distinta que cualquiera anterior. Ahí supe que era momento de iniciar otra etapa.

 

 

 

–¿Significa que no experimentó un retiro traumático?
–Estaba preparado mentalmente, y mi familia me ayudó a consumar la transición hacia el mundo real. Aparte, haber aprendido mucho sobre mí a lo largo de mi carrera, como consecuencia de problemas superados y desafíos planteados, me ayudó a salir airoso.

 
 
 
Selfie después de entrenar

–En sus etapas activas llegó a consumir 12 mil calorías diarias. ¿Cómo resolvió la cuestión física?
–Ahora no calculo cuántas ingiero. En ese entonces era mi trabajo conservar cierto peso. Lo que sí recuerdo es que, culminado Londres, salté de los 85,5 kilos a 106,5, y no lo aconsejo. En la actualidad tomo una hora y veinte de ejercicios, me subo a la bicicleta… Al margen de la manera, mi idea es mantenerme saludable.

 

 

 

–¿Cuánto pesa su niño?
–Poco más de 14 kilos. ¿Por qué?

 

 

–Porque sus medallas, según una medición que realizó Sports Illustrated, alcanzan los 8,278 kilos.
–¡Cerca de medio Boomer (risas)!

 

 

 
junto a su mujer, Nicole Johnson (32, ex modelo), y Boomer (1).



–¿Disfruta de cambiarle los pañales, o es la hora del baño el momento particularmente divertido?
–Gozo cada instante. Desde que despierta en su cuna repitiendo "pa-pa-pa-pá", hasta verlo poner carita de enfermo para llamar la atención. Ni hablar si me voy a bañar: toma su toallita, me sigue a la ducha y empieza a sacarse la ropa. ¡Entiende mi grito: "Voy al agua!". Me interesa el proceso de su crecimiento. También aguardo su reacción cuando nazca el próximo niño que esperamos con mi mujer, cuyo sexo es un misterio.

 

 

–¿Qué ocurriría si alguno de sus hijos pretendiera seguir sus mojados pasos –o brazadas– y probar suerte en una piscina?
–Será su propia elección dedicarse al deporte o a otra actividad. Sólo deseo que sean felices. Los apoyaré al cien por ciento, como me apoyaron a mí de niño.

 

 

 

–¿Qué les comentará cuando crezcan y lo descubran en la portada de los libros de Historia como el rey del olimpismo antiguo y moderno?
–Siempre admiré a Michael Jordan, por la manera en que cambió el básquetbol. El apuntaba a la perfección, y a la hora de contender no ponía excusas. Jordan se presentaba cualquiera fuera su estado y hacía lo que sabía. Esa era una de mis metas. Quería emularlo en la natación. Ahora que miro hacia atrás, considero que lo logré. Que mis hijos me consulten por lo que obtuve es una experiencia que espero ansioso compartir con ellos en un futuro. Será el momento de explicarles que cualquier cosa es posible, que el límite es el cielo.

 
 
 
 
Menor de tres hermanos e hijo de la directora de escuela Deborah y el policía retirado de quien heredó sus nombres, Michael (nacido el 30/6/85 en el vecindario Rodgers Forge, Towson, norte de Baltimore, Maryland) obtuvo 28 medallas –23 de oro, tres plateadas, dos de bronce– en los estilos libre, mariposa y combinado, de cinco JJOO: no ganó ninguna en Sydney 2000; sí en Atenas ‘04 (6 oros y dos bronces), Pekín ‘08 (8 oros), Londres ‘12 (4 oros y dos platas) y Rio ‘16 (5 oros y una plata). En la estadística lo secunda la gimnasta soviética Larisa Latynina, con 17 medallas (8, 5 y 4).
Menor de tres hermanos e hijo de la directora de escuela Deborah y el policía retirado de quien heredó sus nombres, Michael (nacido el 30/6/85 en el vecindario Rodgers Forge, Towson, norte de Baltimore, Maryland) obtuvo 28 medallas –23 de oro, tres plateadas, dos de bronce– en los estilos libre, mariposa y combinado, de cinco JJOO: no ganó ninguna en Sydney 2000; sí en Atenas 04 (6 oros y dos bronces), Pekín 08 (8 oros), Londres 12 (4 oros y dos platas) y Rio 16 (5 oros y una plata). En la estadística lo secunda la gimnasta soviética Larisa Latynina, con 17 medallas (8, 5 y 4).


–¿Se imagina qué hubiese sido de usted de no haberse transformado en nadador?
–(Encoge sus hombros y extiende sus brazos –abiertos alcanzan los 2,08 metros–) No creo que hubiese brillado en el béisbol, fútbol ni en otros deportes que me atraían. A los siete años tuve la fortuna y el privilegio de enamorarme de una actividad como la natación, que me dio la oportunidad de crecer en un camino en el que podía destacarme. Bueno, tal camino abrió otro, que será el próximo capítulo de mi vida.

 

 

–¿Y hacia dónde supone que lo llevará?
–¿Quién lo sabe?… Pero tengo muchas ganas de transitarlo.

 

 

 

 

 

SLN / Infobae

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